En general, para entendernos, había que saber unas cuantas cosas. Había que saber que si pasabas por casa de A iban a caer, como mínimo, tres pitis. Había que tener en cuenta que si quedabas con C podías llegar diez minutos tarde sin ningún problema, y que no le gustaba escuchar dos veces la misma historia. También había que saber que los planes se hacían sobre la marcha, como si cada una supiera lo que estaban haciendo las demás en cada momento. Por supuesto, había que saber que, a pesar de todo, podíamos vernos a cualquier hora del día, cualquier día del año, avisando SOLO con cinco minutos de antelación. Había que saber que utilizábamos las nuevas tecnologías por comodidad, porque no cambiábamos un cara a cara por nada del mundo, que nos gustaban las cosas claras, sin rodeos, directas.
En lo malo, exactamente lo mismo: las cosas claras y el chocolate espeso. Las discusiones no solían durar más de lo que tarda en salir y volver a ponerse el sol, no podían durar más.
Pero para intentar entendernos del todo, cosa que dejo por imposible para cualquier persona ajena a nosotras, había que saber que los cafés podían alargarse indefinidamente si nos quitaban el reloj; que podíamos confiar para las cosas importantes y para las que apenas significaban nada; y que si hubiéramos tenido que elegir la consumición de cada una en una cafetería, habríamos acertado SIEMPRE.
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