miércoles, 18 de septiembre de 2013

Todo a partes iguales, multiplicado por mil.

Lo que no deja de sorprenderme es cómo nos enganchamos a las personas que no nos demuestran nada. Suele pasar que aquellos que menos se preocupan por nosotros, son los que más atención reciben por nuestra parte. Y no lo entiendo. No lo voy a entender nunca. "Dar y recibir el doble", suena sencillo. Tu das algo, te dan el doble, devuelves el cuádruple y así sucesivamente. Y cuando digo sucesivamente no me refiero a que ese "algo" pueda devolverse pasados dos meses o dos años, no. Lo que quiero decir es que tiene que ser continuo, sin prisa pero sin pausa, dejándose llevar. 
No puedes pretender que alguien siga esperando cuando lo que deberías devolverle multiplicado por mil, ya ha caducado. Es más, si alguien tiene que esperar, por muy poco que sea, no te merece, no has estado a la altura de la situación. Puede haber más situaciones, sí, pero quizá las condiciones hayan cambiado, quizá te toque a ti empezar a dar, o quizá ya no puedas dar nada porque la otra persona ya no quiere nada de ti.

Es difícil hablar de dar y recibir cuando se trata de sentimientos. Es más difícil aun cuando se trata de medirlos, y más todavía si tenemos que adivinar qué es lo que esperan los demás de nosotros. Porque hablando claro, nadie le dice a ninguna persona qué espera de ella. Nadie mide lo que da para después medir lo que recibe, porque si lo hace así quizá nunca reciba nada. Quiero decir, que esto va de dar todo lo que sientas para recibir todo lo que sientan por ti. Y si para ti no es suficiente, no hay más que hablar.

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