miércoles, 18 de junio de 2014

Esta mañana me sobraba la mitad de la cama, y me faltabas tú.

A veces (siempre) pienso y creo (sé) que todo esto no es por las miradas que cruzamos entre la gente, ni por los conciertos que nos marcamos volviendo a casa los sábados por la noche. No es por ver como el resto nos observa desde el otro lado del cristal, ni por no tener que dar explicaciones a quienes nada tienen que ver con nosotros. No es porque al final siempre acabes convenciéndome de lo que no estaba segura, ni porque aceptes con resignación que te eche toda la culpa cuando yo también soy culpable. No es porque seamos polos opuestos, no es porque no tengamos nada que ver. No es porque sigamos aquí a pesar de que nadie apostaba nada por nosotros. 

Es porque nos buscamos sin querer, por las veces que desafinamos por las ganas de gritar. Es por las preguntas sin responder, y por las respuestas insuficientes. Es porque desde el primer momento te quise cerca, porque ahora sé lo bien que sienta ver feliz a quien quieres, aunque te quiera solo para mí. Es por verte llegar a lo lejos, por saber que al fin y al cabo estás aquí. Es por la seguridad con la que dices todo, y por la desconfianza con la que lo piensas. Es por las ganas. Es por la facilidad que tienes para usar pocas palabras cuando yo necesito un par de diccionarios, por las veces que he decidido no volver a verte más. Es por las excusas absurdas que ninguno necesitamos, por los días que decidimos bajar las persianas. Es porque no queremos tirarnos del barco a pesar de que estemos solos en él. Es por el efecto que causa en mí tu risa, y por el que causa en tí mi exceso de sensibilidad. Es por la manera que tienes de arreglar el mundo, por las cosquillas con mala intención en la planta del pie. Es por las horas muertas de los domingos.
En realidad, esto es porque podría escribir sobre tí todos los días de mi vida, porque no me cansaría nunca de tus amaneceres en pijama.  

Esta mañana me sobraba la mitad de la cama, y me faltabas tú.

viernes, 30 de mayo de 2014

Breve y sencillo, como tu.

Si algún día hubo problemas (y créeme cuando digo que los hubo) estoy segura de que no fue ni por tu culpa ni por la mía, o al menos no el sentido en el que suelen interpretarse estas cosas. No tenemos la culpa de que algo no funcione cuando no hay nada que poner en funcionamiento. Ojo, que digo nada como podría decir todo, por decir algo. Porque mira sí, para dejar algo primero hay que cogerlo, pero para decir que algo no ha funcionado también hay que intentarlo. Y desde mi punto de vista creo, CREO, que no ponerle ganas a algo es no intentarlo, que no sé, igual soy yo la rara (que también).

Al fin y al cabo esto es solo otra excusa para dejar por escrito que siempre he pensado que no funcionó porque no quisimos (quisiste) dar un paso hacia adelante e intentarlo. La culpa no fue de nada ni de nadie. Yo, personalmente, podría haber vivido incluso un par de vidas más viéndote hacer el desayuno los domingos. A pesar de que no suelo mentir cuando lo hago, lo hago bien, pero a ti no hacía falta ocultarte nada. Tu siempre lo sabías todo y yo me limitaba a aparecer un par de minutos más tarde para no parecer tan predecible. Y no me importaba. No me importaba saber que de vez en cuando tú también te parabas a esperarme. 

miércoles, 5 de marzo de 2014

Cuando "querer" y "deber" coinciden.

Los que me conocieron cuando escribía prácticamente a diario saben que me gustan las cosas claras, y el chocolate más bien espeso. Deberían saber también que me pierden por igual la cafeína y la nicotina (hay que saber reconocerlo), que en verano duermo con la persiana subida y la ventana abierta porque nadie me pegó otra manía distinta, y que los días de lluvia como hoy, a cursi no me gana nadie.
Hay muchas otras cosas que he repetido por activa y por pasiva, mil veces, y que no me cansaría de escribir nunca. Eso de “lo que no hagas ahora no vas a poder hacerlo cuando ya no estés aquí”, el afán por intentar conseguir lo que para cada uno merece realmente la pena, las ganas que no pueden faltar jamás en cualquier cosa que hagas, las veces que me podría haber muerto de amor y las muchísimas veces más que he sobrevivido, los “para siempre” que he dicho desde dentro y a quien sé que, en efecto, será para siempre, los insomnios, los despertares antes de normal…

Y todo para llegar al estado actual. Estado que no se definir, ni quiero, ni me voy a esforzar en ello. Estado que podría ser un gris que debe convertirse lo antes posible en blanco o en negro, pero que no puede seguir siendo gris por mucho tiempo mas. Un todo o nada donde no existen medias tintas. Una bifurcación de caminos. Un seguir hacia adelante o volver sobre mis pasos. Un ahora o nunca. Un saltar al vacío sin saber lo que habrá en el fondo o quedarse en tierra soportando lo que ya conozco.
Podría llamarlo EL estado. Porque aunque no os lo haya contado, posiblemente haya aparecido en mi vida como ochocientas veces, exagerando un poco. Y creo que el 90% de las veces que he tenido que elegir lo he hecho como quería y no como debía. Cosa por la que no me culpo. Pero sentía la necesidad de contar que esta vez no habrá negro, ni volveré sobre mis pasos, ni me quedaré en tierra, sino todo lo contrario. Y aunque hable de mi, os podéis aplicar el cuento. Podéis atreveros, saltar, elegir el blanco, salir de la rutina que os pesa sobre la espalda y descubrir lo que espera fuera, aunque no sea exactamente lo que debéis hacer. Y si no hay colchón al fondo del abismo, la hostia será tan grande que os devolverá al principio para que sigáis intentándolo, por eso no os preocupéis.

Pero volviendo al dilema entre deber y querer, lo único que puedo decir es que SIEMPRE me decanto por el querer. Hasta que un día, como puede ser hoy, te dan una alegría y coinciden. Y de repente sale el sol, el arcoiris, nos trasladamos a la primavera, gana tu equipo favorito, te dan una buena noticia y todas esas cosas que sacan una sonrisa casi sin querer. Y oye, como que se ve la vida de otra forma.