martes, 1 de octubre de 2013

Hay que leer despacio para saber de qué va esto.

Jamás soportaría llegar a los treinta y pararme a pensar qué cojones he hecho toda mi vida para no tener nada interesante que contarles en un futuro a mis nietos. No me lo perdonaría nunca. No podría vivir sabiendo que no he hecho nada lo suficientemente importante o interesante (al menos para mi) en treinta años de vida. Porque dan para mucho, para muchísimo. 

Dan para vivir deprisa, descansar y ver qué has dejado atrás, huir de todo y de todos como si no existiera mañana; dan para mandar a la mierda lo que todo el mundo llama "buena vida" y empezar a vivir la tuya propia, para comportarte como esperan y para romper todos los moldes; dan para saber quien siempre estará ahí para verte llorar y quien solo sirve para hacer un pésimo café por la mañana; dan para mudarte, por lo menos, cinco veces de ciudad, volver, ir, venir, quedarte...; dan para aprender de los demás y para desaprender lo que no interesa, para que te enseñen a dormir con la persiana bajada y para enseñar a despertar con la ventana abierta; dan para morirte un poquito cada día y revivir cada segundo que pasas con la gente que quieres; dan para cambiar de opinión, para equivocarse, para acertar lo justo y para intentarlo. Sobre todo dan para intentar todo lo que pretendas. 

Al fin y al cabo, aunque apenas nos demos cuenta, los años pasan rápido pero duran mucho, y ya habrá tiempo de pararse del todo cuando en realidad no podamos seguir. Mientras tanto, que nadie diga que no has intentado vivir. Y no hablo de vivir como quien dice que respiramos, no; hablo de vivir en el sentido más amplio posible de la palabra, hablo de vivir como cada uno quiera imaginárselo, como cada uno quiera sentirlo.

No hay comentarios:

Publicar un comentario