Si algún día hubo problemas (y créeme cuando digo que los hubo) estoy segura de que no fue ni por tu culpa ni por la mía, o al menos no el sentido en el que suelen interpretarse estas cosas. No tenemos la culpa de que algo no funcione cuando no hay nada que poner en funcionamiento. Ojo, que digo nada como podría decir todo, por decir algo. Porque mira sí, para dejar algo primero hay que cogerlo, pero para decir que algo no ha funcionado también hay que intentarlo. Y desde mi punto de vista creo, CREO, que no ponerle ganas a algo es no intentarlo, que no sé, igual soy yo la rara (que también).
Al fin y al cabo esto es solo otra excusa para dejar por escrito que siempre he pensado que no funcionó porque no quisimos (quisiste) dar un paso hacia adelante e intentarlo. La culpa no fue de nada ni de nadie. Yo, personalmente, podría haber vivido incluso un par de vidas más viéndote hacer el desayuno los domingos. A pesar de que no suelo mentir cuando lo hago, lo hago bien, pero a ti no hacía falta ocultarte nada. Tu siempre lo sabías todo y yo me limitaba a aparecer un par de minutos más tarde para no parecer tan predecible. Y no me importaba. No me importaba saber que de vez en cuando tú también te parabas a esperarme.
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